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Escuela
Hospitalaria
Una
experiencia para compartir
Carlitos,
6 años, enormes ojos negros y mirada a veces curiosa
y chispeante, otras triste. Su saludo: una sonrisa amplia
y un abrazo que valen más que todas las palabras...
Desde hacía cuatro años, y hasta mi llegada,
había permanecido allí, en su cama de hospital
debido a múltiples problemas orgánicos y miopatías
congénitas, traqueotom izado, y con asistencia respiratoria
permanente.
Acostumbrado a «mandar» a todos, estableciendo
él lo que quería o no. Pidiendo a cada persona
que se le acercaba un regalo con voz enojada y demandante.
Ese era el precio para poder realizarle las numerosas prácticas
y tratamientos propios de sus afecciones.
Un día, la escuela llega hasta su cama hospitalaria,
y Carlitos, quien en su corta vida nunca había podido
sentir el valor del encuentro con la comunidad, el valor
de vivir la cotidia-neidad de la familia, -como primer lugar
de aprendizaje para su proyección social-, el valor
de compartir juegos con sus pares.... o peleas con sus nueve
hermanos, se encuentra con que el acto educativo, inaugura
en él un espacio, un mundo, que trasciende las paredes
del hospital.
Cada clase, un desafío. Exigía muchísima
paciencia, respetando su tiempo para aprender, su estado
de salud según las prácticas médicas
que se le hubieran realizado. Sus períodos de atención
eran sol o instantes que se diluían con una gran
facilidad. Su lenguaje, escaso, donde prevalecían
los gestos y sonidos guturales. Berrinches y caprichos que
interferían las propuestas que se pretendían
abordar. Elementos y materiales que volaban por el aire
ante el intento de establecer límites. Mis expectativas
me llevaban a re-pensar una y otra vez la tarea; a indagarme
«qué hago con Carlitos» o «No puedo,
no sé como...», «No es un nene de primer
año». Y ahí estuvieron los aportes de
la Educación especial y la Psicología, orientándome
y alentándome a continuar, a pesar de ..., que creyera...que
era posible...Esto dio lugar a que desde el trabajo interdisciplinario,
pudiera resignificar mi práctica e ir construyendo
nuevas estrategias de acción.
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Estaba
frente a una situación pedagógica que
me obligaba a revisar mi equipaje del «saber
adquirido», rescatando lo que creía más
útil, aplicándolo; volver sobre mis
pasos, experimentar, modificar y empezar una vez más.
La premisa era ofrecer un espacio donde el alumno
estableciera relaciones afectivas fuera del ámbito
hospitalario, que adquiriera conocimientos significativos
y pautas de comportamiento.
¿Cómo hacer que Carlitos «aprendiera
a aprender»? Sin dudas era necesario que desarrollara
la capacidad de observar, explorar y descubrir qué
había más allá de los muros del
hospital.
De modo tal que «aprender» fuese para
él «aprender a relacionarse con otros»
que no fueran enfermeras, médicos, mucamas.
Pero las cosas, hoy han cambiado. Este año
comenzamos las clases en su domicilio.
La transformación que ha experimentado es tal,
que es como estar ante otro niño. Comprensivo,
compañero de sus hermanos, que comparte todo
lo que tiene con una dulzura que conmueve, ya sea
repartiendo una galletita o una tacita de «cocido».
Carlitos ahora siente que vive con un sentido, el
de reconocerse como parte de una familia, como alumno
de una escuela, como miembro de una sociedad.
Tiene 7 años y participa con alegría
de las clases. Aprende lentamente a escribir las letras
de su nombre, de las cosas que lo rodean, de los seres
que quiere... a descubrir los números... a
contar.
Aprende a escuchar un cuento y sonreír, demostrando
así que es posible que el conocimiento trascienda
las paredes de un aula convencional y se manifieste
en la habitación del domicilio de un alumno;
bastando solamente que en un mismo tiempo y espacio,
se encuentren un docente, un alumno y las ganas de
«saber», tal como lo reflejan estas palabras
de Carlitos: »Esta es mi pieza y es mi escuela.»
Docente
de la Esc.Nª 1310
De «Servicio Hospitalario y Domiciliario»
De SADOP.
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