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Juan Pablo II:
un legado de trabajo

Viajero incansable, Juan Pablo II tuvo una fe de hierro hasta el último día de su vida. Llevó personalmente el mensaje de Jesucristo a cuanto rincón del planeta pudo sin importar raza ni religión. Fue por eso un Papa respetado y admirado por el mundo, incluso entre los no católicos.
A los 84 años, Karol Wojtyla murió el sábado 2 de abril, dejando al mundo vacío de un referente, un pastor, un líder espiritual del que nadie quería prescindir. Pero también legó a la humanidad su prédica incansable. Aquel arzobispo de Cracovia ocupó el trono de San Pedro un 16 de octubre de 1978 y desde entonces instauró en la Iglesia su estilo personal, directo, enérgico, carismático.
Bien podía mediar para superar un inminente conflicto entre Argentina y Chile o hacer una histórica autocrítica de la Iglesia como salirse del rígido protocolo eclesial para agitar alegre su bastón papal durante un show de bienvenida en EE.UU. o besar y acunar a un bebé en público. Era fuerte, decidido y a la vez sensible a los pesares de la gente. Esa faceta era lo que lo acercaba a su pueblo.
Como trabajadores de la educación, hoy nos sigue hablando desde sus prédicas y encíclicas. Enfrentar el problema del desempleo, respetar a la familia y la condición femenina, con especial atención a la maternidad, al descanso dominical y al tiempo libre, eran las condiciones indispensables de las que hablaba Juan Pablo II para humanizar el mundo laboral.
En su visita a las cruentas minas bolivianas, un minero se acercó al Papa, le colocó un casco de trabajo y le rogó que, a través de ese símbolo, no se olvide de la gente explotada. Cómo podría alejarse de esa realidad si él mismo estuvo en la piel de un obrero.

Para evitar ser deportado como estudiante de filología a trabajos forzados en Alemania, Karol Wojtyla consiguió un carnet de trabajador manual y en otoño de 1940, con 20 años de edad empezó a trabajar en una cantera de piedra relacionada a la fábrica química Solvay, en las afueras de Cracovia y a la que tenía que ir andando cada día. Recogió una dura experiencia obrera impuesta por la inhumana administración alemana, sin embargo, los responsables de la cantera eran polacos y trataban de evitar a los estudiantes los trabajos más pesados; a Karol le asignaron el encargo de ayudante del barrenero. Según relató el propio Pontífice, esta experiencia le ayudó a conocer de cerca el cansancio físico, así como la sencillez, sensatez y fervor religioso de los trabajadores y los pobres.

El trabajo como realización
Desde el lugar de quién vivió algo en carne propia, Juan Pablo II habló una y otra vez a los trabajadores. Laborem exercens, del 14 de septiembre de 1981, versó sobre el trabajo humano y los problemas sociales. Escrita para conmemorar los 90 años de la «Rerum novarum» de León XIII, renueva la centralidad del hombre en el trabajo y en la empresa y solicita la instauración de un nuevo orden social fundado no sobre principios capitalistas o marxistas sino sobre los derechos del trabajador y la dignidad del trabajo.
En ese documento, el Pontífice dice: «Como persona, el hombre trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo; éstas, independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas ellas a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de esa vocación de persona, que tiene en virtud de su misma humanidad».
En «Laborem exercens» Juan Pablo II entendió que el que trabaja, valga lo que valga lo que produce, ha de ser valorado como corresponde a la dignidad de la persona humana, y nada se opone a que el producto del trabajo sea valorado, es decir, pagado, con los criterios que determinan el justo precio de las cosas. Como él mismo insiste en esa encíclica, «el hombre que trabaja desea no sólo la debida remuneración por su trabajo, sino también que sea tomada en consideración, en el proceso mismo de producción, la posibilidad de que él, a la vez que trabaja incluso en una propiedad común, sea consciente de que está trabajando en algo propio».
El trabajo es duro y, sin embargo, a pesar de su condición de carga (o quién sabe si justamente por ella),«el trabajo es una cosa buena» para los seres humanos. Y es que en el trabajo, nos dice Juan Pablo, «el hombre no sólo transforma la naturaleza, adaptándola a sus

necesidades, sino que consigue su plenitud como ser humano, y en cierto sentido hasta se convierte `en más humano’». El trabajo es otro signo de trascendencia, una realidad ordinaria al otro lado de la cual se halla una verdad extraordinaria sobre la dignidad humana.

El papel de los sindicatos
Más recientemente, en una carta dirigida a los trabajadores romanos en el marco de una iniciativa evangelizadora denominada «Misión de Roma», de diciembre de 1998, Juan Pablo II vuelve a insistir sobre la necesidad de humanizar el trabajo.
Afirmó que «los ritmos de trabajo, determinados por la carrera hacia la eficiencia y el beneficio, llevan con frecuencia a absolutizar las complejas exigencias de la actividad económica en detrimento de la humanización del ambiente de trabajo y de los derechos primarios de la persona’’.
El Santo Padre exhortó en ese momento a que, ante la «crisis del mercado», se privilegie la búsqueda de la justicia y la solidaridad, las mismas que «exigen que se enfrente el grave problema de quien está en busca del primer empleo o de quien está desempleado» y demandan «una correcta visión de las relaciones en el ambiente de trabajo».
Estas exigencias, agregó, deben influir en el papel de los organismos sindicales y las varias organizaciones, «cuyo objetivo es garantizar no solo la justa retribución sino también el respeto de los derechos-deberes de las personas, así como el desarrollo armónico de las condiciones profesionales y laborales» y una recta organización del trabajo que tenga presente «las esperanzas de la familia y las de la condición femenina, con especial atención a la maternidad, al descanso dominical y al tiempo libre».
A la hora de analizar «los derechos de los trabajadores», Juan Pablo defendió el derecho al empleo, el derecho a un salario justo y a unos beneficios adecuados y el derecho a crear asociaciones libres de trabajadores. También condenó la discriminación en el empleo por razones de sexo u otras condiciones sociales. Subrayó el derecho de las personas con discapacidad a un trabajo digno que le permita una verdadera autonomía social y fue contrario a la explotación social del trabajador migratorio.

«La crisis del mercado del trabajo trae consigo nuevas formas de pobreza, que interesan a un número creciente de núcleos familiares, ancianos, inválidos e inmigrantes», dijo el Pontífice; y precisó que la crisis afecta principalmente a «importantes sectores de la vida ciudadana, como la escuela, la casa y los servicios sociales». En la escuela argentina los problemas económicos del país tuvieron su impacto directo en las instituciones educativas, que debió atender –y lo sigue haciendo- primero el hambre físico antes que el intelectual, en un ambiente laboral que se fue deteriorando, con docentes agobiados por sus problemas familiares y los de sus alumnos.
El este marco, el Pontífice convocó a la evangelización del mundo laboral, que «conlleva fidelidad y honradez en el cumplimiento del servicio profesional, coherencia moral en las decisiones pequeñas y grandes y solidaridad fraterna con quienes tienen necesidad».
El Papa escribió además de «Laborem exercens» otras 12 encíclicas, en las que puede rastrearse su pensamiento sobre cuestiones doctrinales de la fe y la concepción del hombre. Él mismo fue un trabajador incansable que recorrió 130 países llevando su mensaje de fe y paz al mundo. Un auténtico legado de trabajo.

Contra la miseria
Juan Pablo II llegó al Pontificado con un enemigo visible –el comunismo– pero tras el derrumbe soviético, supo advertir sobre las crueles consecuencias del capitalismo globalizado y «salvaje», según él mismo definió. Por eso no dudó en denunciar que «la gran alineación de la sociedad occidental es crecer en el progreso de espaldas a la miseria del mundo». Y bregó por «someter las leyes del mercado salvaje a las leyes de la justicia y de la solidaridad».