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Escuela Nº 1310 de Servicio Hospitalario y Domiciliario - SADOP

Este año ha sido significativo, en el tercer ciclo de nuestra escuela, la matrícula de alumnos, en la que se destaca un número importante, y dentro de ese número el diagnóstico predominante que responde a situaciones de enfermedad como consecuencia de problemáticas psicosociales, concretamente: las adicciones.
Si decimos que nuestro trabajo lo realizamos desde una concepción de la salud que incluye su dimensión social es fácil deducir que al hallarnos frente a un sufrimiento humano concreto, es difícil de cuantificar y más aún de cualificar, en el sentido de que los límites, entre lo que se considera salud y enfermedad, se tornan cada vez más borrosos.

La demanda de escolaridad para estos adolescentes desafía cotidianamente los criterios de admisión a nuestro servicio, también a la denominación de estas enfermedades no convencionales a la hora de ser certificados por los profesionales médicos.
Hablar de drogadependencia y pensar una propuesta pedagógica allí, implica descentrarla de la «droga» como causa y concebirla como una problemática del sujeto con la Cultura y «su malestar».
Considerando el carácter subjetivo y cultural del consumo y adicción a sustancias, esta conducta muestra en su significación actual un carácter universal y cotidiano, su valor como mercancía (de uso y de cambio) y su lugar prestigiado socialmente, por estar vinculado al éxito y a la impunidad.
Si el resultado de esta situación es la masificación y la incorporación a lo cotidiano debemos admitir que esto habita las instituciones escolares, donde desde el campo pedagógico seguramente deberemos pensar estrategias nuevas, realistas y pertinentes para este nuevo escenario social.

Más aún si la vinculación a esta sustancia, no cumple hoy, como en otros momentos una función de constetación social, sino que es un pedido peligroso de inclusión en el mercado de consumo, de incorporación a un grupo de pertenencia en una comunidad que brinde ciertos objetivos, códigos, reconocimientos, rápidamente las instituciones sociales y en especial, la escuela debe recuperar su capacidad de CONTENCIÓN, de ARTICULACIÓN con los distintos colectivos humanos y de PRODUCCIÓN DE PROYECTOS COLECTIVOS que resignifiquen de algún modo este tiempo presente.

Este consumo creciente, que propone la ilusión de resolver necesidades y carencias no cesa de conmocionar a todo el tejido social.

Si bien delinear soluciones concretas es una tarea sumamente compleja y transversal, quienes somos docentes podemos aportar en la prevención de esta «patología» ya que prevenir no es solo anticiparse, no se agota en «la lucha» contra las drogas, no contra el pensamiento mágico del todo o nada «ser o no ser un adicto», sino que prevenir también implica transformación, es decir, desocultar, crear conciencia, hablar francamente del sufrimiento psíquico, actuar, solidarizar propuestas, librar una nueva lucha con sentido.

Necesitamos una propuesta ética para cambiar el devenir, y será desde las instituciones como reguladoras de las conductas humanas y desde nosotros, los que tenemos que crear el camino de la transformación, porque hoy, somos quienes cada día encuentran alternativas.