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Atención a la diversidad, un gran desafío

Bastaría abrir al azar unos cuantos libros educativos de los últimos diez años para darnos cuenta que conceptos como «integración», «inclusión» o «diversidad»
no faltan de sus páginas. Las ideas forman parte del debate social y educativo actual, no sólo porque la Ley Federal de Educación contempló el tema en sus lineamientos generales, sino también –y especialmente- por el trabajo de docentes, padres y profesionales que creen que hacer de la escuela un lugar para todos es posible.
La cultura de la diversidad aboga por una escuela capaz de acoger a todos los niños independientemente de sus condiciones físicas, intelectuales, sociales,
emocionales, lingüísticas y otras. Nadie duda que es uno de los mayores desafíos de la escuela hoy. Y pocos docentes pondrían en duda la validez de estos principios teóricos. Pero es en la práctica donde el maestro empieza a encontrarse con dificultades, temores ante lo desconocido y el desafío de ser, en parte, responsable del éxito o fracaso de cada alumno.
Hay que partir de una realidad: «A veces las escuelas comunes arman los proyectos de integración, teniendo en cuenta la necesidad de captar más matrícula, y el docente no sólo que no ha participado de esa decisión, sino que el chico con alguna problemática le cae al grado sin que haya podido prepararse para recibirlo», comentó a EL BORRADOR,  Ernestina Ferreyra, secretaria de Educación del SADOP.
Ahí se dispara el primer problema. ¿Hay una actitud del docente en el sentido de compartir el proyecto integrador? ¿Quiere? ¿Puede? ¿Lo acompañan en el proceso?. Son preguntas claves a la hora de encarar una atención a la diversidad desde la escuela. Esto habla también de currículas flexibles y docentes dispuestos a encarar el cambio. Y, sobre todo, requiere de capacitación, que es lo que más reclaman y necesitan los maestros.
Vale destacar que no sólo llegan a las escuelas chicos con alguna discapacidad (motriz, mental, auditiva, visual), sino también con problemas de conducta, con deficiencias de atención, hiperquinéticos o disléxicos.


Una experiencia

Claudia Grillo es docente de una escuela de Santa Fe.
Hasta el año pasado atendió a Juancito (se trata de un nombre ficticio para mantener en reserva su identidad), un niño con parálisis cerebral. Junto a otra maestra, Sandra

Barión, dieron clases al niño desde 1ro. a 3er. año de EGB. «La verdad es que no estábamos preparadas para recibir a Juancito. Sentíamos que iba a la escuela a perder el tiempo: ni él aprendía, ni sus compañeros tampoco porque se la pasaba corriendo alrededor de las sillas. No sabíamos cómo abordarlo, nos sentíamos burras», contó Claudia a EL BORRADOR. Fue cuando se decidieron a pedir ayuda. «Una profesora de Educación Especial nos fue tirando pistas sobre cómo trabajar. Nos recomendó copiar las consignas en un papel más grande, ubicar al nene con nosotras al lado del escritorio y darle clases sin pizarrón, entre otras sugerencias», señaló la educadora.
Juancito no asistía a las horas especiales sino que se quedaba con las maestras a repasar y seguir abordando los contenidos. Fue así que en agosto de su 1er. año puso acceder con mucho esfuerzo a la lectoescritura. «Igual tenía dificultades para escribir. De hecho, cuando en 2do. año sus compañeritos ya incursionaban en la cursiva, él siguió escribiendo en imprenta. Por eso, nos planteamos objetivos diferentes para él». Durante ese año, una psicopedagoga hizo que el chico aprendiera a prestar atención y pudiera seguir las secuencias de una clase.
Pero los mayores inconvenientes empezaron a surgir en 3er. año, cuando se fueron complejizando los contenidos. Ahí se produjo el quiebre. «Veíamos que si nos dedicábamos a él, descuidábamos al grupo. Los otros chicos lo aceptaban y lo querían, pero eran 30 en el aula, no podíamos con todo. Tal vez si hubiera sido un grupo más reducido...», se lamentó.


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