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Oclocracia

La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa, republicana y federal, dice nuestra Constitución Nacional entre sus primeras normas.

La forma representativa no es otra cosa que la democracia indirecta o representativa, en la que «el pueblo no delibera ni gobierna, sino por intermedio de sus representantes», como luego agrega nuestra carta magna.

Por reiterados motivos que todos podríamos enumerar, el Estado, el gobierno y sus integrantes o nuestros representantes, han sufrido un constante deterioro en su credibilidad y han perdido sistemáticamente la autoridad y consenso que le otorga la letra formal de nuestra norma constitucional.

Este deterioro, en otros tiempos, fue razón suficiente para que se organizaran «cuartelazos» o golpes de estado que, lejos de reparar los consensos, profundizaron con su acción y gestión la desconfianza del pueblo hacia todo el sistema representativo, el del estado y el de las organizaciones que conforman el tejido social de la Nación.

La permanente sospecha sobre todo gobernante o dirigente trajo aparejado conductas en ambos sectores. La transparencia y la honestidad pasaron a ser leguaje habitual de los discursos de gobierno.

Los representados, por su parte, encararon a través de líderes informales y espontáneos, el permanente control de los gobernantes o dirigentes, en un ejercicio extremo de la iniciativa popular y de la publicidad de los actos de gobierno.

«Que se vayan todos…» cantaban como villancicos en las asambleas populares del 2001…, y en realidad se fueron pocos…

El poder político reencauzó su expresión, aunque muchos de los líderes espontáneos le sintieron el gustito al maldito poder de representar y, a pesar del restañamiento del sistema político, siguieron alentando mayores controles y otras formas de gobierno social.

Se pusieron de moda las asambleas de compañeros, como una forma sustitutiva o alternativa de resolver los conflictos sociales, políticos y hasta los sindicales.

Si la democracia directa sólo quedó para ejemplo en los cantones suizos, aquí adquirió nuevos bríos…

El caso del Garraham quizá sea el ejemplo más acabado, difusión mediática mediante, con el aditamento de una desafiante rebelión gremial interna, con objetivos salariales sorprendentes y una metodología de lucha sin atenuantes…, los resultados también están a la vista: nada…!

«Pilato preguntó entonces a la multitud allí reunida: a quién queréis que deje en libertad, a Jesús el Nazareno o a Barrabás? y el pueblo a viva voz le dijo: a Barrabás…! Entonces dirigiéndose nuevamente al pueblo le preguntó: qué queréis que haga con el Nazareno?, y la turba le contestó, alentada por los escribas y sumos sacerdotes, crucifícale…, crucifícale…!»

Nadie podría pensar que el procurador romano actuó democráticamente…, ni que lo resuelto por la plebe fue una transparente forma de expresión popular..., o sí, quizá alguno lo piense…

Los maestros de la filosofía política nos enseñan desde los griegos que la democracia puede degenerar en dos situaciones igualmente deplorables: la demagogia y la oclocracia. Lo primero es conocido por experiencia…

Hoy podríamos decir que la oclocracia es el gobierno asambleario de las masas populares.

Nuestros gobernantes obtendrían resultados similares a Pilato si consultaran sobre el pago de impuestos…, o sobre el monto de los salarios…, ni qué decir sobre el penal del partido del domingo…

La consulta popular es la excepción en nuestra forma de gobierno. No puede ser lo habitual, ni la asamblea puede sustituir al sistema representativo…

La participación de los ciudadanos o de las bases, debe ser orgánica y estatutariamente establecida, ejercida personal y responsablemente y acotada en los temas.

Y lo mejor de todo esto es que a quien no le guste, lo puede cambiar…, para esto tenemos la democracia…!

Hasta la próxima.-